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Soy hijo de la nación
madre del gran Capablanca,
un genio que fue, que es,
que será, sin duda alguna,
orgullo para su patria.
A mí también me sedujo
la magia del ajedrez.
La razón sencilla es:
en la vecindad se hallaba
un templo de los trebejos.
A la sombra de una Ceiba,
a escasos metros de casa,
día a día se reunía
a concertar sus batallas
un grupo de aficionados.
Aquel sitio, yo lo veo
cual templo de los trebejos,
donde la paz y el respeto
no espantaban la alegría.
Sitio aquel para mi vida
de gran significación
fue centro de mi atención
y el ajedrez se tornó
en mi afición preferida.
Así, sin que me enseñaran
las reglas elementales,
la observación cotidiana
de sus batallas campales
me llevó a su comprensión.
Y me entregué totalmente
al embrujo del combate
de los jaques y los mates,
celadas, combinaciones,
bellas entregas, clavadas…
No me avergüenza haber sido
seducido por Caissa;
pues vivo para la causa
de ver ampliar sus dominios:
y por ella yo me brindo.
Es hermosa la hidalguía
del jugador venturoso
que, vencedor o vencido,
es un virtual respetuoso.
Porque le queda bien claro
-al que ha captado su esencia-
que este juego, lucha y ciencia,
arte de gloriosa talla,
es una tensa batalla
de las mentes y tal vez,
la única guerra gloriosa.
Alberto Rodríguez. Cuba 2007
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