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La confianza es un mecanismo de reducción de la complejidad que permite llevar a efecto decisiones en el presente, cuyos resultados sólo se conocerán en el futuro.
Toda decisión consiste en transformar incertidumbre en riesgo y la confianza sólo es necesaria, cuando se asume algún riesgo.
No se necesita confianza, en otras palabras, si no hay algún grado de riesgo. Si sé positivamente que mañana va a estar soleado y una temperatura de 25 grados, no corro riesgo alguno al salir sin paraguas. No necesito entonces “confiar” en el pronóstico del tiempo.
Quien confía se arriesga a la desilusión. El pasado sirve como soporte, pero la confianza siempre tiene asociado el riesgo. El refrán: “En la confianza está el peligro”, apunta a esta misma idea.
A pesar del riesgo, o tal vez debido a éste, la confianza es indispensable. Una persona que no confiara en nada ni nadie, no podría salir de su casa, comer, ni informarse de nada, porque al salir pueden atropellarla, asaltarla, matarla, insultarla, engañarla, etc.; al comer se puede envenenar, porque los ingredientes comprados podrían ser de la peor calidad; al informarse, la pueden engañar, porque ella no tiene forma de verificar las noticias.
Dado que la confianza es una apuesta hacia el futuro que se apoya en el pasado, ofrece mayor complejidad al sistema, el que la puede aprovechar en otras acciones. Ofrece, también una prolongación temporal. Al decidir con confianza, se anticipa el futuro y se actúa sobre él.
La confianza es vital para cualquier sistema social, desde la simple interacción entre presentes hasta la sociedad mundial, pasando por sus numerosas organizaciones. Por esta razón, la confianza es aprendida. Los niños aprenden de sus experiencias a confiar o desconfiar.
(Adaptación de un trabajo del gran sociólogo chileno Darío Rodríguez Mansilla)
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