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Por Michel Contreras
"En el ajedrez hay dos tipos de jugadores: los buenos y los duros. Yo soy de los duros", dijo Bobby Fischer
Misántropo como era, a Bobby Fischer le habría importado un bledo saber que hoy escribí sobre su muerte. Habría menospreciado la crónica, sugiriendo quizás que los mortales no tienen potestad para cantar la gloria de los dioses. Y quizás sea verdad, pero de todos modos, esta mañana se me antoja escribir de ese genio que recién falleció en la fría Islandia.
Pasa que para mí, como para Viswanathan Anand, "Fischer es nuestra Marilyn Monroe", y también "el no va más del romanticismo". Y para mí, como para Kirshan Ilyumzhinov, el presidente de la FIDE, el norteamericano ha sido "una época en la historia de la humanidad, como Newton, Einstein y Gagarin".
Ah, sí, el tipo tenía cosas de loco, como cuando llamó a la radio filipina para aplaudir el atentado del 11 de septiembre. Y era un sádico al que le gustaba ver sufrir a sus contrarios; un antisemita que olvidó la condición judía de su madre; un malcriado que abandonaba los torneos alegando problemas con la iluminación; un solitario capaz de echar su vida dentro de cuartos llenos de libros de ajedrez y vitaminas.
Pero su irracionalidad, como desliza un columnista ibérico, estaba posiblemente más encaminada "a terminar con él mismo que con sus enemigos imaginarios". Al menos que se sepa, Robert James Fischer nunca hizo daño a nadie, como no fuera a su propia cabeza encabritada. Y en cambio, le alegró la existencia a los millones de ajedrecistas de café que pueblan este mundo. Entre ellos, yo, que lo tuve por ídolo en mi adolescencia.
Las historias de Fischer me fascinaron siempre: tanto, que alguna vez pensé en dejar la escuela para seguir sus pasos de muchacho contestatario y enajenado por el más inteligente de los juegos. Pero yo no era Fischer, es obvio, y así me ví forzado a envidiarlo en azul hasta el presente.
Para mí, él integra la Santísima Trinidad del ajedrez, junto con Capablanca y Kasparov. Y a expensas de que me tilden de extranjerizante, afirmo -ayer, hoy y mañana- que no ha habido jugador más portentoso.
Era el suyo un ajedrez sencillo -que no simple- innovador, marcado por un espíritu guerrero que lo hacía desdeñar la posibilidad de firmar tablas sin desangrarse previamente. Y en sus combinaciones había tanto arte como en las de Tal y Alekhine, y tanto como en la pintura del Tiziano, y en el cine de Roman Polanski, y en los versos de César Vallejo. Pero también Fischer tenía que morir, y lo hizo a una edad predestinada, porque 64 escaques hay en el tablero de ajedrez. Y se marchó olvidado, hundido en su tristeza tremebunda, luego de haberlo sido todo para todos.
Con su muerte, al tablero se le ha extraviado una casilla. La casilla del rey.
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