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INTER-ESTUDIANTIL DE AJEDREZ
EN UNIVERSIDAD BOLIVARIANA
Por Wilson Salazar Poillot
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El miércoles 5 de diciembre tuve la oportunidad de vivenciar algo parecido a lo experimentado seguramente muchas veces por Aliro González, el personaje central del libro de Germán Bielefeldt. En efecto, gracias a las amables gestiones de Claudia, una inteligente estudiante de Trabajo Social de la Universidad Bolivariana, durante la tarde de ese día participé en el Campeonato Inter-Estudiantil de Ajedrez, organizado por esa casa de estudios y desarrollado en su sede de Huérfanos (cerca e la Quinta Normal).
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En ese lugar se reunió mucho público, conformado por académicos y alumnos de la universidad anfitriona y de otras instituciones, estudiando al día de hoy o hasta hace relativamente poco tiempo. Todos procurábamos evitar la producción de ruidos innecesarios para no distraer a los bregantes. En el aire flotaba la sensación de que se estaba desarrollando algo sumamente importante. Citando un pasaje de la novela que estoy leyendo, los jugadores “parecían dejar al margen sus creencias y formas de vida para crear un todo armónico y homogéneo en torno a los escaques y trebejos, en un mundo de fantasía y arte creado casi exclusivamente para la especie masculina.” (Ver Nota 1)
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Los competidores éramos de muy diversa edad; no era raro ver un adulto algo maduro enfrentado a un adolescente. Así, en mi caso, mi primer oponente fue un estudiante secundario del Instituto Nacional. Buen ajedrecista, me derrotó con cierta facilidad y rapidez, lo que me anduvo desanimando un poco. Horas más tarde estaría, como todos los demás, aplaudiéndole por obtener con todo merecimiento el primer lugar.
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En la mesa desde la cual provendría mi segundo rival se desarrollaba una intensa y prolongada batalla, luchándose casilla a casilla, donde ni el bando negro ni el blanco daba ni pedía misericordia. Aproveché de salir un rato para fumar un cigarrillo y despercudirme.
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Sin falsa modestia, entonces reconocí (y ahora, mientras escribo, lo reitero) que mi juego en general no es malo, que incluso en varios momentos se vuelve francamente interesante y prometedor. Pero que mi concentración suele ser débil, que me distraigo cuando no debo, perdiendo la ventaja obtenida en esos momentos buenos, incluso no pocas veces la partida completa.
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Afortunadamente, estaba tan motivador el ambiente en Universidad Bolivariana que, tras apagar con el zapato la colilla del cigarrillo, volví animosamente al ruedo (tarareando mentalmente “Me siento bien”, de Hombres G). El impulso me sirvió para ganarle a varios de mis siguientes contrincantes ―aunque cayendo inapelablemente ante uno o dos demasiado poderosos en su juego―. De modo que al concluir el Campeonato, ya bien entrada la noche, aseguraba para mí un honroso sexto lugar.
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En resumen, fue una gratísima tarde vivida en Huérfanos 2917 en torno a una actividad tan noble y entretenida como es el ajedrez. Agradezco a Claudia por haber permitido mi participación en ella, y a su simpático y gentil pololo por haberme acompañado hasta el Hogar donde ahora estoy alojando, ubicado en un sector algo peligroso por las noches.
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Santiago, 12 de diciembre de 2007.- Nota 1: Germán Bielefeldt Van Oosterwijk “Jaque a la razón”. Osorno, Registro de Pro. Int. Nº 148.447, 207, pág. 12.
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